Los momentos que la memoria elige retener

Hay momentos en la vida que parecen imposibles de olvidar. Estos pueden ser instantes en los que se nota claramente que algo ha cambiado para siempre, como la primera vez que se sostiene a un recién nacido entre los brazos, o situaciones cotidianas, como una tarde en familia que, sin haberlo planeado, se queda grabada para siempre.

Sin embargo, hay otros momentos, que pueden ser igual de importantes o fuertes en significado, que simplemente desaparecen. La neurociencia lleva años intentando descifrar una respuesta sobre el por qué unos perduran y otros no. Así, se ha llegado a comprender de una mejor manera la forma en la que el cerebro trabaja para procesar lo vivido y elegir que retener de todo ello.

Lo primero que hay que comprender es que la memoria no funciona como una grabadora. No registra todo lo que ocurre con la misma fidelidad ni con la misma intensidad. El cerebro selecciona, prioriza y consolida en función de criterios que, en gran medida, tienen que ver con la carga emocional del momento. Lo que sentimos mientras vivimos algo determina, en buena parte, si ese algo quedará o no en la memoria a largo plazo.

 

La emoción como arquitecta del recuerdo

Desde hace décadas, la psicología y la neurociencia coinciden en señalar a las emociones como el factor más determinante en la consolidación de la memoria. Como recoge Psychology Today en español, a partir de la emoción, las experiencias vividas son guardadas en la memoria. Con esto se puede comprender que muchas de las partes más importantes en la historia de una persona, son atravesadas por una gran carga emocional. Cuando se atraviesa un momento de éxtasis, asombro o tranquilidad, es muy probable que se esté procesando lo que, a futuro, será un recuerdo. Esto también sucede con la conmoción o el miedo.

La intensidad emocional no solo determina si un recuerdo se forma, sino también la claridad y el detalle con que se conserva décadas después. El mecanismo neurológico detrás de esto es la amígdala. Esta es una estructura cerebral que actúa como filtro emocional y que, cuando detecta que algo tiene relevancia afectiva, envía señales al hipocampo para que consolide ese recuerdo con mayor intensidad. Es por eso que el nacimiento de un hijo, el día de una boda o el último momento junto a alguien querido quedan tan nítidamente grabados, mientras que lo que se desayunó aquella misma mañana desaparece sin dejar rastro.

 

Entonces ¿Por qué un momento ordinario puede quedar en el recuerdo?

Hay algo especialmente interesante en cómo funciona la memoria emocional, ya que no graba únicamente el momento central, sino también aquellos que le dan significado. En este sentido, una investigación de la Universidad de Boston publicada en la revista Science Advances, recogida por Público, sugiere que los recuerdos de momentos cotidianos adquieren fuerza si se conectan con un evento significativo. En caso de vivir una situación de gran impacto emocional, el cerebro no solo consolida ese instante, sino también los detalles que lo preceden y lo siguen, por muy cotidianos que sean.

Esto explica por qué hay personas que recuerdan con precisión qué ropa llevaban el día que nació su primer hijo, o qué canción sonaba la tarde en que se enteraron de una noticia que cambió su vida. Eso no se debe a que los detalles sean en sí mismos memorables, sino a que están adheridos a un momento de alta intensidad emocional. El cerebro, como explica el investigador Robert Reinhart, no es solo un dispositivo de registro pasivo, sino que decide qué importa y trabaja activamente para preservarlo.

 

Preparar el terreno para que el recuerdo dure

Si la emoción es lo que fija los recuerdos, tiene sentido pensar que la manera de vivir un momento influye en cómo se recordará después. Por esto, es importante estar presente, reducir las distracciones y permitirse sentir lo que cada instante genera, sin pretender anticiparse al siguiente. Estas actitudes, además de ayudar en cuestiones de ansiedad, tienen un respaldo neurológico concreto. Si se trabaja la atención consciente durante un momento significativo, posiblemente se amplifique la respuesta emocional y, con ella, la probabilidad de que ese recuerdo se consolide con mejores detalles.

Claro que, en el recuerdo de los momentos importantes, no depende únicamente de la memoria, sino que se puede recurrir a herramientas externas para ayudar a preservarlos en el tiempo. Por ejemplo, la fotografía puede actuar como un detonante para recuperar un recuerdo. La imagen aporta detalles visuales que la memoria tiende a difuminar con el tiempo, pero que al verlos hace que se reviva el momento. Como explica la experta en sesión de fotos de embarazo en Barcelona Brenda Roqué , preparar una sesión de fotos es un paso importante para decidir qué recuerdos se quieren guardar en la memoria, conservándolos así en un álbum fotográfico, como para resguardar ese momento del olvido. Por ello, el momento de preparar esa sesión tiene que ser capaz de crear las condiciones para que sea auténtico y emotivo, porque es esa carga emocional la que convierte una imagen en un recuerdo real.

 

Lo que queda cuando el tiempo pasa

La nostalgia es ese sentimiento agridulce que aparece cuando se recuerda lo vivido con mucho cariño. A pesar de que muchas veces se la considera una emoción negativa, se ha demostrado que tiene efectos positivos sobre el estado de ánimo, el sentido de continuidad personal y la capacidad de afrontar el presente. Los recuerdos que generan nostalgia suelen ser, precisamente, los que combinan la intensidad emocional junto a los vínculos más profundos.

Es común que los momentos más importantes no se reconozcan antes de que sucedan, sino cuando el tiempo ya ha pasado. Quizás es por eso que, al mirar atrás, mucha gente se lamenta por no haber prestado más atención a ciertos instantes o no haber estado del todo presente en esos momentos que solo después reconoció como irrepetibles. También están esos momentos que pasan una última vez sin que nada lo anticipe, como una reunión o cargar a un hijo en brazos. Por eso, vivir el presente y prestar atención a lo que sucede, aunque parezca cotidiano, es quizás la única forma de darle al cerebro la oportunidad de conservarlo. Si bien el cerebro no se puede adelantar a los momentos que van a ser importantes, sí conserva aquellos que fueron capaces de emocionarlo de verdad.